Crónicas irónicas

E. Ubieta

Hace cinco siglos, el Conquistador

irrumpió en el Nuevo Mundo,

sin pensar ver lo que allí vió.

Fue en pos del oro el Conquistador;

saliéndole al paso, altas civilizaciones

que le van dando lecciones.

Fue al imperio azteca: se maravilló;

y a Tenochtitlán, por ser de tal

magnificencia, a Venecia la igualó.

Pensaba el Conquistador que en el

Anáhuac no existía, una civilización

como la que él representó.

Mas, percatado de entrar por el umbral

de un gran imperio, comenzó el ministerio

de la guerra cultural.

Hace cinco siglos, al Conquistador, la leyenda

que lo endiosaba sus conquistas favoreció.

¿Era aquel jinete, parte del corcel?

¿Armas y armaduras -- por entonces,

tan atroces -- eran cosas de los dioses?

Levantan sus templos, sobre los del Sol.

Evangelizaban con la cruz o con la espada,

en el nombre del Señor.

Cuenta la antigua leyenda, que un dios

blanco y barbudo, se fue, cumplida su agenda,

por la mar... y ha de volver.

Que de volver fue capaz, creyeron ver los del

Anáhuac, cuando surgió de las aguas,

del Conquistador, ¡la faz!

(Lo esperado no siempre ocurre, y la ironía

sucede, en vez...)