Lamentació

X. Montsalvatge

Fijo mío, ya espirastes,

¡ay, que no puedo valeros!

Yo, mi bien, me muero en veros;

¡quán diferente quedastes,

que no puedo conosceros!

Vuestras penas fenescieron

y las mías començaron:

pues mis ojos que las vieron

lloren bien, pues que perdieron

quantos bienes desearon.

Pues la cabsa es conoscida

de mi nuevo sentimiento,

a lo bivo del tormento

mi triste boz te combida,

¡o mundo lleno de viento!:

las lágrimas justas son

para tí en dolor tan cierto,

pues que le diste ocasión

desta muerte de pasión

con que está en mis ojos muerto.

Conmigo lloren las gentes

y los montes agua suden;

los rayos del sol se muden

y sangre manen las fuentes

por las ansias que me acuden;

perded, cielos, el color,

y peñas, hazéos pedaços;

¡o mar, brama con temor

por mi vida y tu señor,

como está muerto en mis brazos!

Los ángeles excelentes

se sientan de mi ventura,

inclinen su fermosura

a mis lágrimas presentes

desleídas en tristura;

la luna se torne escura,

de clipse mortal se enforre;

los prados no den verdura,

y por mi pena tan dura

se seque el Jordán que corre.

A las águilas combido,

que se precian de alto buelo,

que pongan dolor al cielo

y griten fuera del nido

mis lástimas con su zelo;

los peces no tomen cebo

ni las aguas lo consientan,

pues no lloro quanto debo;

mi gran dolor y nuevo

las cosas todas lo sientan.

Todos los quatro elementos

de tristes fagan mudança;

arda el fuego sin templança;

de dolor bramen los vientos

en muy áspera tardança;

la tierra y sus fundamientos

tiemblen por los daños míos;

ábranse los movimientos

y queden secos y esentos

de agua todos los ríos.

Agora me buelvo a tí,

fijo de color mortal,

con pena muy desigual,

muerto y matado de mí,

vencida de ageno mal;

la gracia de que muy llena

el arcángel me dexara,

mudada la sufro en pena

en mirar tu vista buena

sin la lunbre de tu cara.

¿Quién te me paró tan muda?

Tu Padre, ¿por qué no ayuda

esta muerta carne umana

en cruz tan áspera y cruda?

Del cherubín disciplina,

¿do las gracias de tu lengua?

¡O dulcísima dotrina!

¿Quién te puso tan aína

silencio de tanta mengua?

Prosigue el abtor

Si los abismos escuchas

y el cerco del sol enciendes,

¡o fijo!, ¿por qué no entiendes

mis bozes grandes y muchas

del dolor en que me prendes?

Vena de todo mi bien,

mi plazer en tí lo ascondes;

¡o rey de Jerusalém!

¿a quién llamaré yo, a quién,

si a tu madre no respondes?

Fijo mío muy precioso,

más fermoso que la vida,

un punto non se me olvida:

¡quán lindo y quán glorioso

te parí de luz vestida!

Agora cochillo eres

que me das penas estrañas;

llorad comigo, mugeres,

la muerte de mis plazeres

y el morir de mis entrañas.

¡O cara y suavidad,

gloria que faze sedientos

y más vista y más fanbrientos

quedan de tu claridad

los cielos muy contentos!

¿Quién te paró tan escura?

¿Quién te dio el color que tienes?

¿Quién te robó la figura?

¿Dónde está tu fermosura,

dador de todos los bienes?

Muy diferente de sí

está tu bendita cara,

amarilla y no tan clara

como quando te parí

y en mis braços te criara,

ansí que, mi Dios, en verte

pobre, muerto y solitario,

vida me daría la muerte,

porque en todo me concierte

con la tuya de calvario.

Yo, la madre sin plazer,

señora de nuevas penas,

veo sin sangre tus venas,

muertas por satisfazer

diversas culpas ajenas;

veo tus ojos sin luz,

muerte de quien los conosce;

todo el siglo se alborosce

de verte al pie de la cruz

do el mundo te desconosce.

Veo tus llagas abiertas,

mas no de dolor vazías,

la boca con las enzías

en sangre biva rebueltas,

que es tasa para mis días,

y el coraçón, tesorero

de gloria y sabidoría,

es un sangriento minero,

diferente y lastimero

de la triste vida mía.

Veo tus ojos quebrados

y tus cabellos sangrientos;

tus braços, de los tormentos

por fuerça descoyuntados,

me llagan los pensamientos;

llora tanbién su corona,

coraçón triste, y no faltes,

que lo fiere y apasiona

sin ser dina su persona

de tan crueles esmaltes.

Llorad tanbién sus añillos,

que son clavos por los nervios,

los quales golpes soberbios

me duelen por mil cochillos

entre los tristes misterios;

llora tanbién su ferida,

sus ansias y grito ronco,

y la sed luego acorrida

con una fiel desleída

al pie del nudoso tronco.

¡O manos muy poderosas,

enclavadas y tan yertas,

qué dolor es veros muertas

sin regir todas las cosas,

soberanas y muy ciertas!

¡Dulces pies que sois firmeza,

centro de los cielos todos,

doble me sois de tristeza,

enclavados con crueleza

con muy desiguales modos!

¡O fermosura sin medio,

o pena de quien te mira!

¡Ay de tu madre que espira

y no tiene otro remedio

mas de quanto te sospira!

Reinos, islas y naciones,

llorad mi larga congoxa,

que el dolor de sus pregones,

que el morir con los ladrones

a mí nunca se me afloxa.

Venid, reyes, a mis braços,

y mirad mi mal crescido,

donde se pierde el sentido,

donde se faze pedaços

mi coraçón dolorido;

venid a ver el Señor

y el precio de los humanos;

venid a ver mi dolor,

y a él, como a redentor,

venid a besar las manos.

Venid a ver la riqueza

y estremo de amores bivos,

que os libró de ser cabtivos,

muertos en penas de aspereza

por fariseos altivos;

corred, grandes, esta vía,

¡o, vuestro sueño despierte!

¡O, nueva sabidoría,

que muerto sanó este día

la noche de vuestra muerte!

Prosigue el abtor

Venid, siglos, sin baraja,

al rey de vuestro concierto,

y pues ya me lo abéis muerto,

servidlo de una mortaja,

que yo no la tengo cierto;

¡o fuente de maravillas,

que viste de luz Apolo

y desnudo en mis rodillas,

desgoznadas sus costillas,

yo no alcanço un paño solo!

Venid, vírgines de Sión,

a llorar por vuestro esposo,

tan muerto y tan espantoso

que se os quiebre el coraçón,

lastimadas y sin reposo;

el dote y arras que alcança

para vos en este estado

son feridas sin tenplança,

espinas, clavos y lança,

consagrada en su costado.

En esta cruz os espero

con mi San Juan y sobrino,

llorando el bervo divino,

dulce y manso cordero,

vuestro gozo el más contino;

venid, señoras, de grado,

y ved el mal que poseo;

venid llorando y priado,

porque después de enterrado

no os entierre su deseo.

¡O Israel, tan servido

de mi fijo en ricos dotes!:

yo te suplico que notes

quál lo as muerto y ferido

con rochas bivas de açotes;

vénçate su disfavor,

vénçate mi sentimiento,

non me pongas más pavor,

no renueves mi dolor,

no estorbes su enterramiento.