Éxtasis

J. González Medina

Ahora, Cristo, bájame los párpados;

pon en la boca escarcha;

que están de sobra ya todas las horas

y fueron dichas todas las palabras.

Me miró, nos miramos en silencio

mucho tiempo, clavadas,

como en la muerte, las pupilas. Todo

el estupor que blanquea las caras

en la agonía, albeaba nuestros rostros.

¡Tras de ese instante, ya no resta nada!

Me habló convulsamente;

le hablé, rotas, cortadas

de plenitud, tribulación y angustia,

las confusas palabras.

Le hablé de su destino y mi destino,

amasijo fatal de sangre y lágrimas.

Después de esto ¡lo sé! no queda nada!

¡Nada! Ningún perfume que no sea

diluído al rodar sobre mi cara.

Mi oído está cerrado,

mi boca está sellada.

¡Qué va a tener razón de ser ahora

para mis ojos en la tierra pálida!

¡Ni las rosas sangrientas

ni las nieves calladas!

Por eso es que te pido,

Cristo, al que no clamé de hambre angustiada:

ahora, pára mis pulsos,

y mis párpados baja!

Defiéndeme del viento

la carne en que rodaron sus palabras,

líbrame de la luz brutal del día

que ya viene, esta imagen.

Recíbeme, voy pura;

¡tan plena voy como tierra inundada!