Madrigal

J. Turina

Tus ojos, ojos no son,

niña, sino dos navajas

con que destrozas y rajas

el más duro corazón.

Y tu boca celestial

no es boca, es un vaso lleno

de hechizos y de veneno,

entre perlas y coral.

Por experiencia lo sé,

vi tus ojos y al instante

con un hierro penetrante

roto mi pecho encontré.

Tu suave voz me encantó

bebí tu sonrisa y luego

de ardiente ponzoña el fuego

por mis venas circuló.