Romance
J. Turina
En una yegua tordilla
Que atrás deja el pensamiento,
Entra en Córdoba gallardo
Atarfe el noble guerrero.
El que las moriscas lunas
Llevó glorioso á Toledo,
Y torna con mil cautivos
Y cargado de trofeos.
Las azoteas y calles
Hierven de curioso pueblo
Que en él fijando los ojos,
Viva, viva está diciendo.
las moras en los terrados
Tremolan cándidos lienzos,
Y agua de azahar dan al aire,
Y sus elogios al viento.
Y entre la festiva pompa,
Siendo envidia de los viejos,
De las mujeres encanto,
De los jóvenes ejemplo;
Á las rejas de Daraja,
Daraja la de ojos negros,
Que cuando miran abrasan
Y abrasan con sólo verlos,
Humilde llega y rendido
El que, triunfante y soberbio,
Fué espanto de los cristianos,
Fué gloria de sarracenos.
Mas ¡ay! que las ve cerradas,
Bien distintas de otro tiempo,
En que damascos y alfombras
Las ornaron en su obsequio.
Y al mirar tales señales,
Turbado reconociendo
Que, mientras ganó batallas,
Perdió el amor de su dueño,
Con gran ternura llorando
Quien mostró tan duro pecho,
Vuelve el rostro á sus cautivos,
De esta manera diciendo:
Id con Dios, que ya sois libres,
Desde aquí podéis volveros,
Y llevad vuestros despojos,
Que á quien presentar no tengo.
Pues no es razón que conserve
De sus victorias recuerdo,
Quien al tiempo de guardarlas
Perdió de Daraja el pecho.