Hame contado don Diego
M. Rodríguez
Clara:
Oye, pues, y no te espante
mi pensamiento atrevido,
que siempre el Amor lo ha sido,
y sabes que Soy amante.
Hame contado don Diego
que en la cueva donde está
retraído, hay una estatua
con cabeza de metal,
que, por un secreto aliento
de espíritu celestial,
disuelve, a quien le pregunta,
la mayor dificultad;
dice el estado presente
de los que ausentes están,
y de venideros casos
ciertos pronósticos da.
Pues yo, que en un punto
tengo de mujer curiosidad,
de enamorada temores,
recatos de principal,
para salir de estas dudas
la pretendo consultar,
y fingiendo otros intentos
se la he pedido al Guzmán.
Él, como tiene en la mía
el norte su voluntad,
hoy la estatua me ha envïado,
que en este cajón está;
y en este papel me envía
figurada una señal,
que formándola en su boca,
es la que la obliga a hablar.
Dice que cuando la noche
haya hecho la mitad
de su curso, y las estrellas
vaya escondiendo en el mar,
quien a solas la consulte
grandes misterios sabrá,
y en particular, en cosas
de amor, la cierta verdad,
porque entonces está Venus
puesta en no sé qué lugar,
que es más propicio al encanto
que tanta fuerza le da.
Esto contiene el cajón.
Si tienes qué consultar,
llega conmigo, y haré
la misteriosa señal;
que me has de dejar, Lucía,
sola, si las doce dan;
que quiero de mis amores
saber en qué han de parar.