Tente, liviana
M. Rodríguez
DIEGO:
¡Tente, liviana;
detén la mano, adúltera, enemiga,
que menos inhumana
algún tiempo me diste
bañada en llanto triste,
y ya por otro ausente se fatiga,
firmando aquí mi agravio y tu mudanza!
¡Oh, cielo soberano!
¿Qué justa ley me impide la venganza
de una traidora mano?
Yo, sin delito, en fuego me consumo,
¿y quien tanto pecó no siente el humo?
¿Y las palabras, falsa, que me diste?
¿Y los santos testigos,
que en rompiendo la fe que prometiste,
te obligaste a tener por enemigos,
con abrazos atando el lazo fuerte,
diciendo, "Tuya soy hasta la muerte?"
¡Apenas conocías
a quien tú misma toda te debías!
Yo, que juzgué mis esperanzas muertas,
por tener nuevas de que no vivías,
de mis palabras ciertas
un punto no he rompido,
¿y tú de tantas, una no has cumplido?
Hiciste, al fin mujer, como quien eres.
Para mujer te queda,
y como a mí, a Leonardo le suceda;
que sí sucederá, pues tú le quieres.