Qué adornada primavera
M. Rodríguez
Tristán
Señora, aunque no profeso
ceremonias de galán,
no reina en mi corazon
otra cosa que mujer,
ni hay bien, a mi parecer,
más digno de estimación.
¿Qué adornada primavera
de fuentes, plantas y flores,
qué divinos resplandores
del sol en su cuarta esfera,
qué purpúreo amanecer,
qué cielo lleno de estrellas
iguala a las partes bellas
del rostro de una mujer?
¿Qué regalo en la dolencia,
en la salud, qué contento,
qué descanso en el tormento
puede haber sin su presencia?
Cercano ya de su fin
un monje santo, decía
que sólo mejoraría
oyendo el son de un chapín.
¡Y era santo! ¡Mira cuál
será en mí, que soy perdido,
el delicado sonido
de un órgano de cristal!
¿Sabes lo que echo de ver?
Que el primero padre quiso
más perder el paraíso
que enojar una mujer.
¡Y era su mujer! ¿Qué hiciera,
si no lo fuese? ¡Y no había
más hombre que él! ¿Qué seria,
si con otro irse pudiera?
Porque con la competencia
cobra gran fuerza Cupido.